Columnistas

El malestar de la política

Por: Germán Peralta Rivera

Algo está ocurriendo en la democracia peruana: existe un malestar, una suerte de estallido en pleno siglo XXI. Si bien se recuperó la democracia, los partidos que lucharon por restablecerla en el siglo XX y dominaron por muchos años la política peruana están en proceso de peligroso debilitamiento. Han surgido nuevos movimientos, los mismos que no han demostrado solidez, sino la atávica mediocridad que linda con la corrupción.

La confianza en los políticos se ha deprimido, siendo así que los porcentajes de apoyo a quienes han ocupado cargos y representaciones están disminuyendo de manera galopante. De ahí que la confianza en las instituciones públicas se vaya reduciendo. Se ha incrementado el grado de desconfianza en la ciudadanía, al haberse perdido el respeto a los valores —fundamentalmente la ética y el principio de colectividad—. En nuestros días, los políticos son percibidos más como individualidades con afán de protagonismo, sin consistencia moral ni cultural. Son considerados enemigos, personas capaces de cometer actos reprensibles contra el prójimo.

¿Estamos viviendo una crisis pasajera o una crisis de larga duración? Necesitamos no caer en el alarmismo ni ser apocalípticos; requerimos tomar confianza y perspectiva. Debemos comprender que quienes han fracasado, generando esta ola de desconfianza, son aquellos que asumieron el rol de conductores de la res pública: los dirigentes que se entornillaron en cargos o representaciones y que han conducido al fracaso y al repudio popular.

Izquierda, centro o derecha, en todos los ámbitos del escenario político, los dirigentes y representantes han demostrado su famélica concepción de la moral y la cultura política. Se requiere aquello que el sociólogo francés Rosanvallon (2009) demandaba: someter a la democracia a las pruebas de control y validación permanente; evitaremos así la corrupción y la violación de los derechos. Pero estos cambios no pueden lograrse con los mismos personajes que han hecho del quehacer político un fiasco, alejándose del apoyo popular. La solución es el cambio intergeneracional, la renovación de ideas y de ética. Por lo tanto, requerimos nuevos hombres y mujeres capaces de no convertir la política en un páramo infecundo, plagado de corrupción y mediocridad, sino en el espacio desde el cual reverdezcan ideas de cambio y afirmación democrática, para así acortar las distancias de la desigualdad e ir liquidando la corrupción.

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